El masaje

No debí haberte dicho que me gustaban los masajes, pero es que me gusta provocar.

Voy con todo tras la pantalla porque sé que no va a suceder nada contigo, pero adoro saber que piensas en recorrerme con tus manos cada noche antes de meterte en la cama; y mientras cierras los ojos te tensas y haces lo posible para girarte y darle la espalda a ella, para que no lo note, para que no piense que es la culpable con el roce de su piel, para que no intente terminar lo que cree que ha empezado.

No debí decirte nada pero lo hice. Y aquí estamos, sabiendo lo que va a pasar.

Esto hace mucho rato que ha dejado de ser un masaje. La excusa que me pones diciéndome que has traído aceites porque eres bueno trabajando los músculos no admitía una negativa, y además, para que engañarnos, que tuvieras tantas ganas me ha gustado, me ha hecho quitarme la ropa y tumbarme boca abajo, con la única protección de un tanga finito y sabiendo que acabarás haciéndome daño.

Aunque no sea físico.

Cuando todo esto acabe. Cuando tus manos hayan dejado de ser prudentes y se hayan adentrado en mis zonas más oscuras, cuando hayamos dejado de disimular y yo me dé la vuelta y me coloque expuesta ante ti, cuando abra los ojos y te diga que sí, que continúes, cuando te haya sentido con todos los sentidos, tú volverás con ella.

Te despedirás. Me dirás que quieres repetirlo. Cualquier día de estos. Que ya me llamarás.

Y yo sabré que es el fin.

Porque en estas historias, siempre pierde la más débil. La más sola.

En estas historias siempre pierdo yo.

Porque siempre soy la otra.

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