Escalofrío

Un escalofrío recorre toda mi columna vertebral. Nace en la base del cráneo, aunque sus efectos se extienden por todo el cuello. Va bajando vértebra por vértebra, inundando de placer todas mis terminaciones nerviosas. Baja por las dorsales, por las lumbares, hasta llegar al coxis. Desde allí, se expande por los laterales llegando al vientre, donde se agrupa y cae en un viaje vertiginoso hasta invadir mis muslos, mis ingles, mi centro de placer.

Es extraño que todas esas sensaciones hayan sido provocadas por una simple caricia en el brazo, suave y continuada. Una caricia que relaja mis músculos, mis párpados y me envuelve en una somnolencia poco apropiada para el lugar en el que me encuentro. 

Entonces, cuando más a gusto estoy, mi mente racional huye del placer, se revuelve, se levanta. La boca habla. Dice que deberíamos irnos a dormir, que es tarde, que mañana trabajamos. 

Aprovecho el viaje hasta el coche para bajar a la tierra. Para hacerme la dura, para aparentar que nada me importa demasiado. El aire fresco de la noche me viene bien. Ayuda a que no me deje llevar.

De regreso conduzco mientras el escalofrío vuelve, acentuado por unos dedos suaves y tímidos, pero mi mente se revela, no quiere que sienta. ¿Cuándo dejé de permitir que me vieran vulnerable?

Al día siguiente, todo desaparece. Se hunde en el pozo de los recuerdos y deja paso a la ansiedad y al miedo de no volver a sentir así, con calma, en mucho tiempo. 

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