Estado contemplativo

Estoy sentada en una roca en Tamadaba, en silencio, mirando al frente y fumando un cigarro. Frente a mí, el sol, amarillo intenso, se deja observar y no duele. Justo debajo de él, recibiéndole, la majestuosa silueta de la isla de Tenerife, presidida por la montaña perfecta; no, por el volcán perfecto, un Teide que yo observo prácticamente equilátero.

Alguien que no conozco, comenta que Tenerife es la isla más bonita, pero que Gran Canaria tiene las mejores vistas. Supongo que es tinerfeña, porque las dos afirmaciones son básicamente la misma.

Yo, lo único que sé, es que mis ojos están contemplando el atardecer más bello que jamás he visto. El sol sigue escondiéndose tras el volcán, y debajo, le espera un mar inmenso tapado casi en su totalidad por otro: el mar de nubes.

Si las miras bien, – las nubes – parecen ovejitas en fila que avanzan lentamente una tras otra, despacio, sin dejar el rebaño. Si te fijas mejor, ves las nubes pintadas por un niño pequeño, con sus bordes blancos de algodón y el interior de un azul bellísimo. El pinar, verde intenso, y el sol, ya escondido, tiñe de naranjas y rojos las líneas paralelas al horizonte. Es un festival cromático.

Cena rápida de sándwich, zumo y queso para ir corriendo a la roca de la cobertura. La luna, casi llena hoy, todavía no ha aparecido y aún nos permite disfrutar de la oscuridad de la noche para contemplar las estrellas. Tumbados, vamos identificando las más fáciles: osa mayor, osa menor, y hay quien se aventura a reconocer el cinturón de Orión. 

La conversación va de lado a lado, tocando todos los palos: desde la existencia de Dios, hasta la realidad de lo que estamos viendo, pasando por temas mucho más banales. 

Observo, fumo, converso. La luna aparece y nos obliga a apagar las linternas para contemplarlo todo con su luz. Es hora de volver, tumbarse y cerrar los ojos. Mañana será otro (gran) día.

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