Radio Man

Photo by Jonathan Velasquez on Unsplash

Son las 4:30 de la madrugada, y el silencio se ha instalado en todos los rincones de mi habitación. Enciendo la radio y busco a lo largo del dial.

Lo encuentro al fin. Se trata de un hombre de mediana edad. Culto, sosegado, interesante.

En este programa no hay llamadas de los oyentes, no hay música, no hay cuñas publicitarias. En este programa sólo está su voz.

Su voz. Sensual, varonil, profunda. A veces con el tono de las dobles intenciones, otras con el sarcasmo en la punta de la lengua. A veces con la ternura emergiendo de su garganta, como la lava, ordenada en arroyos que van uniéndose hasta formar un todo. Cierro los ojos, y giro en la cama. Me estremezco. Me tapo también los hombros. Me protejo.

Filosofa y divaga. No se pierde en halagos gratuitos para ganarse el favor de la audiencia, sino que sólo expulsa por la boca sus pensamientos, sus alegrías e incluso sus miserias. 

Son las 5 de la madrugada. El indicador del dial de mi memoria se difumina y mis ojos se van cerrando, mientras, casi en forma de susurros, muy cerca de mi oído, Radio Man continúa haciéndome compañía.

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