¡Disfruta de tu cita!

Jonathan Francisca en Unsplash

Mira –le dije a mi compañera de trabajo – estoy hecha una mierda. Yo creo que algo no va bien. Se lleva el móvil hasta a la ducha y a veces, creo que lo escucho hablar en susurros.

Mujer, no seas paranoica, seguro que no es nada.

Es que está muy raro. Últimamente duerme en el sofá, con la excusa de que como ronca, así no me molesta. A él le da igual porque trabaja siempre de tardes, pero como yo madrugo para abrir la tienda tengo que descansar.

¿Ves? – me dijo – Que desconsiderada eres. Tienes un marido que vale su peso en oro y tú montándote películas la cabeza.

Cuando iba a contestarle, se abrió la puerta de la tienda. Era un vecino de mi bloque que venía a comprar como todas las mañanas. Ya está aquí don «Fahrenheit» – me dijo mi compañera – y salió pitando hacia la trastienda tapándose la nariz con dos dedos y riéndose de mí. 

Lo llamábamos así por la colonia que usaba. Era un perfume que le traía un familiar desde Andorra porque allí era más barato. A nosotras nos parecía pestilente pero que a él parecía encantarle dada la cantidad que se ponía.

Una botella de cava y unos bombones – me pidió con su amabilidad habitual. 

Vaya, vaya, Felipe. ¿Has ligado?  – Le dije para incomodarlo.

Él, se sonrojó y salió por la puerta como alma que lleva el diablo mientras yo escuchaba a mi compañera reírse por detrás de mí. 

A mediodía me fui a casa. La conversación de por la mañana no había sido casual. Mi marido estaba muy raro. Entré por la puerta y por primera vez en las últimas dos semanas, no pude reprimir mis instintos. 

Encendí el ordenador e intenté meter su clave pero la había cambiado (una prueba más). Revisé los bolsillos de sus pantalones, miré todos los cajones de su mesilla. Nada. No encontré absolutamente nada. ¿Seguro que no estaba volviéndome loca? 

Decidí dejarlo pasar e ir a calentarme la comida, cuando al salir de la habitación me tropecé con una camisa que se había caído de la percha. 

Menudo desastre de hombre, – pensé – siempre dejándolo todo por el medio. Me la acerque a la nariz para ver si había que lavarla ya y entonces reconocí aquel olor que tanto odiaba: «Fahrenheit». 

Solo pude esbozar una sonrisa amarga recordando las últimas palabras que dije por la mañana cuando mi vecino salió de la tienda:Que disfrutes de tu cita, Felipe. 

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