El rostro del demonio

La noche había sido divertida, habíamos estado de fiesta hasta la madrugada bebiendo y bailando como si nos acabáramos de conocer. Nos estábamos tomando la última copa (esa que te sobra) en casa, mientras veíamos la luna llena a través de la ventana. 

Mis sentidos estaban distorsionados. Pensaba que al día siguiente no me acordaría de nada y tendría una resaca monumental. Pero eso sería mañana. Hoy había que aprovechar los vapores del alcohol que todo lo curan, que tanto modifican la realidad en nuestra mente. 

Fuimos a la cama y me puse encima. Me gustaba llevar en el sexo la batuta que no parecía ser capaz de llevar en mi vida. Él gemía y yo me dejaba llevar. Abrí los ojos y lo miré. 

De repente, su rostro comenzó a desfigurarse, los pómulos se retrajeron , las facciones se marcaron mucho más, dándole una expresión tenebrosa, los ojos, se le tornaron amarillos y un par de cuernos emergieron de sus sienes. La visión me horrorizó. Juré no volver a beber alcohol y cerré los ojos deseando que aquello terminara pronto. 

Volví a abrirlos y ahí estaba su rostro más amable, pero en cuanto me dejé llevar, aquel demonio volvió. Nunca había pasado tanto miedo. Nunca había visto el infierno tan cerca como aquella noche. 

Todo el episodio se hubiera quedado en una anécdota producto del alcohol si finalmente aquello no hubiera sido una premonición. Si hubiera entendido que mi mente alcohólica intentaba decirme algo. 

Solo llegue a comprenderlo unos meses después, cuando con mis pies separados del suelo, me suspendía de sus manos que apretaban mi cuello con furia y me lamentaba.

Ojalá aquella noche hubiera salido corriendo.

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