La peineta

espejo

¡Mira qué pinta! ¡Qué ojeras! ¡Esos párpados hinchados! Si no te acostaras tan tarde…

Te dan las tantas haciendo, ¿qué? Haciendo nada. Si por lo menos aprovecharas esas horas que te quitas de sueño para algo productivo. Limpiar, por ejemplo, limpiar la casa sería una buena opción, que tienes el baño más sucio que los de los bares.

¡No! ¡No exagero! ¿Y esos pelos? Ve a la peluquería, anda, que mira qué raíz. Y péinate, que vaya pelos. No me repliques, sabes que tengo razón.

¿Te vas a decidir de una vez a hacer algo con tu vida que merezca la pena? No sé, deporte, por ejemplo. Caminar 1 hora al día. O estudiar. Inglés. Es importante.

Pero no, tú prefieres pasar tus horas libres jugando con el móvil y chateando. ¡Que tienes una edad para andar ya con esas tonterías!

Lo de la comida ya es tema aparte. Deja de comer mierdas. Si no te apetece cocinar, te jodes. Tienes que alimentarte bien, que ya no tienes 15 años. Y dejar de fumar. Que te estás matando.

¿Tú te has visto? ¿Crees que tus hijos estarán orgullosos? No me vale la excusa de que estás todo el día cansada. Esto es un círculo vicioso. Si no te acostaras tan tarde no te pasaría. Ya, ya sé que no duermes bien. Pues haz yoga, meditación, rituales. Lo que sea. Pero ¡haz algo!, ¡reacciona!

La miro a ver si reacciona, pero sigue allí impasible, devolviéndome una mirada nada desafiante. Le grito, soy más dura con ella de lo que lo he sido con nadie. La dejo por imposible.

Cuando me voy a girar e irme por donde he venido noto algo. Reacciona.

Hace una mueca, sonríe, se ríe y va sacando poco a poco el dedo corazón a modo de peineta. ¡Vete a la mierda! — me dice.

Me voy. He sido demasiado dura.

Es la primera vez que me replica mi reflejo en el espejo.

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